EN LA INDIA, LAS MUJERES SON ENTREGADAS EN MATRIMONIO A UNA EDAD PROMEDIO DE

9 AÑOS, APENAS COMIENZAN A MENSTRUAR.


SI EL MARIDO MUERE, SE CONVIERTEN EN VIUDAS... ¡Y ESTAN CONDENADAS A PERMANECER DE LUTO POR EL RESTO DE SUS VIDAS!


¿LOS HIJOS...? MUCHAS VECES SE NIEGAN A HACERSE CARGO DE ELLAS... Y LA UNICA ALTERNATIVA ES EMIGRAR A LA CIUDAD SAGRADA DE VINDRAVAN, DONDE PERMANECEN EN LA MAYOR POBREZA... HASTA QUE FINALMENTE MUEREN.


Usha no sabe qué edad tiene: “Entre 70 y 80”, dice, confundida y atemorizada. “Vine de Calcuta hace veinte años… cuando enviudé. Tengo cuatro hijos, pero no les gusto. No quieren gastar dinero conmigo. Nunca he sido feliz. Mis hijos nunca me han querido… y ya no quiero a mis hijos".

   El caso de Usha no es único. La mujer india apenas tiene infancia. Desde muy pequeña trabaja muy duro: ayuda a limpiar la casa, a cocinar y  a transportar agua. Sobre los 9 años sus padres las prometen en matrimonio y esperan a que les baje el periodo para enviarlas a la casa del marido, donde habitan bajo la autoridad del suegro. Es costumbre que el marido les pegue por cualquier motivo. Si bien en teoría pudieran denunciar la situación en que se encuentran, ninguna se atreve. Es ella la que realmente mantiene la casa y se ocupa de ganar unas cuantas rupias.

   Casi un 8% de las menores indias (de entre 9 y 14 años)  están casadas, y la cifra asciende al 50% en adolescentes de entre 15 y 19 años. Si el futuro marido muere antes del encuentro, la niña se convierte en viuda de inmediato, y es condenada a permanecer de luto el resto de su vida.. El respeto a las viudas no está en los códigos de los hombres hindúes. Cuando el padre muere expulsan a su madre de la casa donde ha vivido. Cuando el marido muere, los hijos y familiares cierran la casa y la ponen en venta. Dentro, como un mueble más, queda su viuda… a veces vieja y ciega. Los hijos, ya casados, no quieren hacerse cargo de ella. Hay un 10% que podría vivir dignamente si sus hijos no las abandonaran… pero esto rara vez ocurre. Para ellos, una viuda es una carga... y se niegan a costear sus gastos, por muy limitados que sean.

   Muchas de estas viudas son literalmente obligadas por sus mismas familias a trasladarse a la ciudad sagrada de Vrindavan, al norte de la India, donde existen miles de templos dedicados a Krishna. Vindravan es popularmente conocida como “la ciudad de las viudas”, una especie de asilo gigantesco para miles de mujeres dedicadas íntegramente a la oración como práctica de liberación (moksha).  Ninguna de estas oraciones informa sobre la estructura patriarcal de la sociedad hindú y su sanción “sagrada” en la religión organizada, que consagra extraordinarias diferencias entre las personas que enviudan.

   ¿Cómo viven estas viudas que llegan a Vrindavan…? La mayoría duerme en los arcenes de la carretera; otras a las puertas de los templos. En invierno la temperatura baja hasta los cuatro grados, y apenas tienen los trapos necesarios para cubrirse. Las casas de las viudas de Vrindavan son sucesivos agujeros, cuevas sin ventana ni luz eléctrica que huelen a orín y por las que se ven obligadas a pagar 110 rupias al mes. Las viudas viven en cuclillas, duermen sobre el pavimento de cemento, y todo su ajuar es una olla mugrienta.

   Cuando sus hijos las echan de la casa donde han vivido, inician un largo peregrinaje hacia la ciudad sagrada de Krisna, donde podrán cantar en los "ashrams" por una rupia (0.0194 euros) al día. En muchas ocasiones lo que el marido les ha dejado es una chabola de barro que se deshace con las crecidas del río y las lluvias. Nadie les ayudará a reconstruirla, y (además) esas tierras son propiedad del Estado.

   Se estima (porque no hay datos oficiales) que más de ocho mil  viudas viven en Vrindavan, a 240 kilómetros de Delhi, un lugar conocido como “la ciudad de las viudas”. Llegan de todos los rincones de la India a malvivir de la caridad y a cantar a Krisna, Esta pequeña ciudad es sagrada, uno de los lugares de peregrinación más importante de la India. Ellas creen que morir en Vrindavan, cantándole a Krisna, supone alcanzar la liberación espiritual instantánea. En sus calles polvorientas hay muchas "ashrams" para viudas que se mantienen únicamente con los escasos donativos que reciben de los peregrinos que llegan al lugar y se compadecen al comprobar en el estado en que viven.

   Caminan por las calles con la mano extendida pidiendo limosnas. A intervalos sonríen con dulzura, juntan las manos y musitan “Hare Krisna”. Algunas tienen los pies completamente llagados, y la mayoría apenas conservan dos dientes. Su tez es oscura, son gente de campo. Piel y huesos. La India es cruel con ellas: cuando muere el esposo, al que desde niñas las enseñaron a someterse, quedan marginadas socialmente.

   A las seis y media de la mañana, Vindravan se convierte en un hervidero. El color que predomina es el blanco, el color de las vacas y de las viudas que invaden las calles en un único sentido, caminando con sus pasitos cortos hacia Bhajanashram, el mayor de los dieciocho templos a los que acuden a cantar a Krisna. Lo hacen durante ocho horas seguidas, sentadas en el suelo, mirando hacia el centro, donde una viuda dirige los cánticos. Es un patio de color azul con columnas rojas bañado por una luz cenital. Debe de haber mil mujeres en el lugar. Un hombre les reparte la paga: una sola rupia que apenas les sirve para comprar un pedazo de pan.

   El gobierno de la India entrega a cada viuda 1500 rupias al año, las cuales cobrará a través de los bancos. No obstante, el 95% de estas harapientas mujeres son analfabetas, y más del 25% no conocen sus derechos… y no recibe la asignación que les corresponde. El Gobierno gasta el dinero en sufragar institutos que hacen censos y compilan estadísticas sobre el caso de las viudas de la India, pero muy poco de los presupuestos llegan a las mujeres que malviven en la calle, expulsadas de sus casas por el simple hecho de enviudar. Si se les habla, todas sonríen. Ninguna conoce su edad. Muchas han llegado a olvidar el tiempo que llevan deambulando por las calles de Vindravan, y casi ninguna regresa a Calcuta. Sus historias son monótonas: "Yo tenía una choza de barro, pero el agua se la llevó", "nunca he ido a cobrar la pension que me corresponde",  o "en una occasion fui al banco a cobrar la pension, pero no entendí lo que me dijeron… y salí corriendo.


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